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Música Clásica y ópera de Classissima

Riccardo Chailly

lunes 24 de abril de 2017


camino de musica

11 de abril

Sinfonia de Giovanna D’Arco, ópera de Giuseppe Verdi

camino de musicaSINFONIA DE GIOVANNA D’ARCO, ÓPERA DE VERDI La Sinfonia de Giovanna D’Arco La Sinfonia de Giovanna D’Arco es posiblemente una de las más desconocidas de todo el repertorio verdiano, porque esta ópera forma parte de las menos representadas. Ultimamente ha alcanzado mayor difusión esta ópera por haberse representado en la inauguración de la temporada 2016-2017 del Teatro alla Scala con Anna Netrebko de protagonista y con Riccardo Chailly al frente de la orquesta. Su versión es la que vamos a escuchar hoy. La Sinfonia de Giovanna D’Arco veremos que tiene un marcado aire marcial en algunos de sus pasajes. En otros, la atmósfera seRead More → La entrada Sinfonia de Giovanna D’Arco, ópera de Giuseppe Verdi aparece primero en Música Clásica .

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18 de abril

Preludio de Macbeth (Verdi) – Abbado, Muti, Chailly

PRELUDIO DE MACBETH (VERDI) – ABBADO, MUTI, CHAILLY Read More → La entrada Preludio de Macbeth (Verdi) – Abbado, Muti, Chailly aparece primero en Música Clásica .




Ópera Perú

28 de marzo

Ernesto Palacio dirigirá Academia Rossiniana de Pesaro

Archivo Ernesto Palacio(Ópera Perú) Si bien sabemos que el peruano Ernesto Palacio fue nombrado como director del Festival Rossini de Pésaro en el 2015 e inició funciones el año pasado, esta vez ha sido además nombrado director de la Academia Rossiniana, la cual hasta hace poco era dirigida por Alberto Zedda, quien falleció hace pocos días.Zedda, reconocido mundialmente por ser el mayor conocedor de la obra de Rossini en el mundo, estaba a cargo del Festival como de la Academia. Con su deceso, le pasó la posta al siguiente experto en este repertorio, el peruano Palacio.Como cita el anuncio en la web del Festival de Pesaro: "Ernesto Palacio sucederá como director artístico de la Academia Rossiniana a Alberto Zedda. La Academia, que desde 1989 ha formado a una nueva generación de cantantes establecidos en los mejores teatros  del mundo, llevará el nombre del maestro milanés Alberto Zedda, recientemente fallecido. Al culminar su carrera como cantante (en 1998), Ernesto Palacio ha descubierto y apoyado a numerosos artistas destacados de la nueva generación del bel canto y es considerado como uno de los principales expertos a nivel internacional de la obra de Rossini. Su repertorio como cantante incluye 80 óperas (alrededor de 20 de Rossini), y más de cien oratorios, misas y otras composiciones vocales. En su haber tiene grabadas 40 óperas, entre ellas 10 títulos de Rossini.Ernesto Palacio se ha presentado en los teatros más importantes de la escena internacional (entre ellos la Scala de Milán, La Academia de Santa Cecilia y Ópera de Roma, San Carlo de Nápoles, Teatro Regio de Turín, Comunale de Bolonia, Arena de Verona, La Fenice de Venecia, Metropolitan y Carnegie Hall de Nueva York, Covent Garden de Londres, Liceu de Barcelona, ​​Colón de Buenos Aires, Ópera de Zúrich, Bayerischer Staatsoper, Ópera de Mónaco, entre otros, bajo la dirección de directores como Claudio Abbado, Thomas Schippers, James Levine, Wolfgang Sawallisch, Peter Maag, Riccardo Chailly, Georges Prêtre y Alberto Zedda. El maestro Palacio también se hará cargo de mantener las audiciones para la Academia Rossiniana 2017 a partir de hoy, Lunes, 27 de marzo en el Teatro Sperimentale di Pesaro..."



Ya nos queda un día menos

12 de febrero

La Orquesta de Extremadura en el Villamarta, con Albiach y Ferrández

Vaya por delante mi más absoluto apoyo a la continuidad de la Orquesta de Extremadura, así como mi desprecio hacia quienes no hace mucho se atrevieron a poner en peligro su existencia. Dicho esto, en el concierto que ayer sábado 11 ofreció en el Teatro Villamarta la formación extremeña exhibió un nivel técnico algo por debajo de lo que a mí me gustaría que tuviera, y aunque hay instrumentistas de gran calidad –las trompas, por ejemplo– y la cuerda mantiene un nivel muy digno, la sonoridad global presenta desequilibrios y el conjunto se resiente. No suena mal, pero debería hacerlo mejor. Sus músicos necesitan seguir madurando, lo que implica no solo trabajar con intensidad, sino también (¿se enteran, señores políticos?) un sueldo digno, estabilidad laboral y buenas razones para estar motivados. Venía con su director titular. A Álvaro Albiach le escuché un par de veces en Granada hace ya años y no me dejó buena impresión. Anoche sí que lo hizo, empezando con una Obertura trágica de Brahms más que correcta: decidida, poderosa, dramática, sin toda la flexibilidad deseable en la agógica y la dinámica, también menos atmosférica de lo que a mí me gusta que esta obra suene, pero dicha con enorme convicción y sonada con la adecuada opulencia que necesita el autor. El maestro valenciano logró transformar el músculo brahmsiano en la ligereza bien entendida –no hubo sonoridades en exceso aéreas ni relamidas, menos mal– que demanda Robert Schumann para interpretar su sublime Concierto para violonchelo, que dirigió con una apreciable combinación de sensatez, sensibilidad y depuración sonora; me gustó menos el tercer movimiento, que encontré en exceso nervioso y agitado. El solista era el jovencísimo violonchelista madrileño Pablo Ferrández (n. 1991), a quien hace años le escuché el nº 1 de Saint-Säens junto a la Nacional. En aquel momento escribí (ver reseña) que “este chico tendrá muchas cosas que decir en el futuro si logra evitar la tentación de recrearse en exceso en la belleza sonora”. Pues parece que no estaba del todo equivocado. Me he tomado la molestia de comparar su grabación discográfica de la página schumanniana junto a Radoslaw Szulc y la Stuttgarter Philharmoniker (Onyx, 2013: la tienen en Spotify) con una larga serie de registros de esta obra, y debo decir dos cosas. Una, que Ferrández tiene poco que envidiar a nombres muy famosos en lo que se refiere a virtuosismo, hermosura en el sonido y, muy especialmente, cantabilidad: su manejo del arco para obtener frases de amplísimo vuelo melódico es impresionante. La otra, que pese al exquisito gusto de que hace gala, su enfoque a mí no me termina de convencer. Su acercamiento a esta partitura resulta en exceso apolíneo, su fraseo no del todo contrastado, su valentía e imaginación algo limitadas. Nuestro artista ofrece mucha belleza, pero con él la música no emociona con la intensidad que las notas están pidiendo, si bien es cierto que su recreación en el Villamarta me pareció más creativa y más madura que la del disco. Las propinas dejaron muy claras virtudes y limitaciones del artista: El cant dels ocells me pareció un verdadero prodigio de lirismo y emotividad (¡qué manera de graduar las dinámicas!, ¡qué fraseo más natural!, ¡qué lógica y qué peso expresivo el de los silencios!), pero a la Sarabanda bachiana la encontré un tanto falta de carácter (abajo tienen el YouTube). El entusiasmo desbordado del respetable estaba, en cualquier caso, más que justificado: con todos los reparos expresivos que se quiera, Ferrández es ya un cellista de enorme categoría. Zemlinsky en la segunda parte. Probablemente haya sido la primera vez que escucha la música del compositor vienés en Jerez. Su Sinfonía en si bemol mayor de 1897 –habitualmente conocida como Sinfonía nº 2, aunque hay problemas con la numeración– mantiene todavía importantes deudas con el romanticismo y no es la obra más inspirada ni personal del autor. Hace falta una interpretación de categoría para que no resulte farragosa y luzcan sus cualidades, que las tiene tanto en lo melódico y en lo tímbrico como en lo expresivo. Aquí también he realizado las pertinentes comparaciones discográficas (Beaumont, Conlon, Chailly: este último sin duda el mejor) y debo reconocer que Álvaro Albiach ha superado la prueba ofreciendo una lectura muy buen pulso, dicha sin retórica y con convicción, atenta a los aspectos más aristados de la escritura –muy lograda la dramática sección central del tercer movimiento–, por momentos muy entusiasta –lleno de grandeza el final, con una coda muy aquilatada– y, en líneas generales, dicha con mucha corrección en el aspecto puramente sonoro. Los tutti sonaron algo saturados, pero mi impresión es que el problema estaba en el tamaño de la masa orquestal con respecto a la concha acústica del Villamarta, así como en las condiciones auditivas desde el patio de butaca: ante la frustrante retirada del público jerezano (¡qué tiempos aquellos en los que el teatro se llenaba con la presencia en el podio de gente como Mehunin, Rozhdestvensky, Harding o Temirkanov!), la parte alta del teatro ya solo se abre a la venta en muy contadas ocasiones, y no era esta una de ellas. A la postre, una muy satisfactoria velada musical. A quienes estamos a dieta involuntaria de buenos conciertos sinfónicos en directo, nos supo a gloria.

Ya nos queda un día menos

11 de noviembre

New York Rhapsody, el bodrio de Lang Lang

El genial Lang Lang decide incrementar de manera sustancial su cuenta corriente convirtiéndose en hilo conductor de un proyecto pergueñado por el productor Larry Klein a raíz de una propuesta que, según este último cuenta en las notas al programa, partió de una idea de Herbie Hancock. Homenaje a Nueva York, dicen. Ciertamente. Nada de crossover, aseguran. Pues esto no me lo creo, porque lo que este disco contiene se le parece muchísimo: Aaron Copland, Leonard Bernstein, Danny Elfman, Henry Mancini, Alicia Keys, Lou Reed... Todos ellos y unos cuantos más, juntos y revueltos mediante unos arreglos a medio camino entre el pop, el new age y el easy listening con resultados a ratos atractivos, a veces de dudoso gusto, y en general bastante aburridos, por mucho que se haya contado con artistas invitados de verdadero lujo. Bueno, confieso que me ha encanto la intervención del actor Jeffrey Wright –voz subyugante–, y que Madeleine Peyroux no lo hace mal en la maravillosa Moon River. En cuanto al piano, lo mismo podría ser Lang Lang que Richard Cleyderman. Ni que decir tiene que los auténticos directores musicales de todo esto no son sino el productor y el ingeniero de sonido, sentados en una mesa de mezclas y jugando a combinar tracks grabados en muy distintos lugares del mundo con artistas que probablemente no se han visto ni la cara. Solamente hay una pieza que en principio, y solo en principio, se salva de los arreglos: la Rhapsody in blue de Gershwin en la versión para dos pianos. Lang Lang en uno y el citado Herbie Hancock en el otro. Por desgracia, los dos artistas deciden hacer lo que les da la gana y ofrecen una interpretación libérrima que para algunas sensibilidades resultará de una creatividad de los más atractiva, pero que a mí me ha parecido amaneradísima y autocomplaciente, quebrándose el discurso musical cada dos por tres y haciendo que por momentos la partitura resulte irreconocible. Nada que ver con la maravilla de las hermanas Labéque con Riccardo Chailly, desde luego. Para los que vivimos al sur de Despeñaperros este disco tiene un morbo adicional: quien toma la batuta en la obra de Gershwin es John Axelrod, teniendo a su disposición no a la orquesta húngara que participa en el resto del disco, ni tampoco a su Sinfónica de Sevilla, sino a la mismísima London Symphony. Y debo decir que ofrece una dirección idiomática y con garra, inspiradísima en la célebre sección nocturna central, pero en general algo gruesa y un punto efectista. Es decir, justo lo que le conocemos en el podio del Maestranza. La toma sonora está realizada –en todo el disco– a un volumen disparatadamente alto, con la consecuencia de una gama dinámica más bien chata. Faltan relieve y espacialidad, mientras los graves resultan un punto saturados y la sonoridad global resulta confusa. Lo dicho en el título de esta entrada: un bodrio. Aunque un bodrio que venderá muchísimo.

Riccardo Chailly

Riccardo Chailly (20 de febrero de 1953) es un director de orquesta italiano. Comenzó su carrera como director de ópera, extendiendo gradualmente su repertorio para abarcar la música sinfónica. Desde 2005 es el director principal de la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig.



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